Era una petición sencilla.
Una vez al año.
Unas horas.
Un estudio.
Y yo no supe que debía cumplirla.
Durante doce años fui capaz de encontrar explicaciones para todo lo que me ocurría.
La rodilla.
El cansancio.
La pérdida de peso.
El vientre que crecía.
Siempre había una razón.
Siempre podía decirme que era normal.
Porque a los ochenta años parece que todo tiene una explicación.
Pero ahora sé que encontrar una explicación no significa necesariamente haber encontrado la verdad.
A veces solamente significa que hemos encontrado una manera de no hacer preguntas.