«Elena, abre esa carta».
Ahora tengo ochenta años.
Llevo una cicatriz larga en el abdomen.
Mis hijos me visitan con más frecuencia.
Patricia ya no me llama solamente los miércoles.
También suele llamarme los domingos.
No le he preguntado por qué.
No hace falta.
Daniel viene a casa y a veces se queda más tiempo del habitual.
Ya no hablamos de su padre con la misma tristeza.
Ahora también podemos hablar de sus errores.
De sus miedos.
Y de la manera imperfecta en que intentó protegernos.
Porque Arturo me amó.
De eso no tengo ninguna duda.