La doctora me explicó que no podían entregarle información médica confidencial sin la autorización correspondiente.
Arturo lo sabía.
Se lo habían aclarado desde el principio.
Pero siguió escribiendo.
Cada año.
Durante once años.
Le pregunté por qué.
La doctora Aranda observó una de las cartas.
—Creo que quería dejar constancia de que alguien estaba pendiente de usted.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Aunque supiera que no iban a responderle?
—Sí.
Me mostró una copia.
Reconocí el membrete de la empresa donde Arturo había trabajado.
Su nombre aparecía debajo de cada solicitud.