La doctora Aranda regresó a visitarme semanas después.
Trajo una caja de documentos.
No era una mujer particularmente cariñosa.
Hablaba con precisión.
No acostumbraba adornar sus respuestas.
Pero me cayó muy bien.
Durante aquella segunda visita me contó algo que yo no había sabido.
Arturo había escrito al instituto once veces.
Una carta cada año.
Siempre pocos días después de mi revisión médica.
Y siempre hacía prácticamente las mismas preguntas.
Quería saber si habían encontrado algo preocupante.
Si los estudios habían mostrado cambios.
Si necesitaba atención adicional.
Y si había alguna recomendación importante para mi salud.