Cada ruido.
Cada tabla que crujía en la escalera.
Y, sobre todo, todavía podía sentir a Arturo allí.
Durante los siguientes once años llevé una vida tranquila.
Mi nuera Patricia me llamaba los miércoles.
Mi hijo menor, Daniel, venía a comer los domingos.
Una vecina me ayudaba a sacar la basura.
Yo iba a misa, cuidaba mis plantas y preparaba comida para mis nietos cuando venían de visita.
Creía que, a mi edad, ya pocas cosas podían sorprenderme.
Estaba equivocada.
Todo comenzó con una incomodidad pequeña.
Una mañana noté que la cintura de mis pantalones estaba más ajustada.
No le di importancia.
Pensé que había subido de peso.
Después comenzaron a quedarme estrechas las faldas.
Más tarde tuve que comprar ropa de una talla mayor.
Y cuando tampoco pude usarla, empecé a vestirme únicamente con prendas sueltas.