seguí repitiéndome que era normal.
Siempre encontraba una explicación.
Siempre.
Porque aceptar que algo extraño estaba ocurriendo significaba abrir aquella carta.
Y abrirla significaba enfrentarme otra vez a la ausencia de Arturo.
No quería hacerlo.
No quería tocar una hoja escrita por él durante sus últimos días.
No quería recordar su voz.
Su enfermedad.
Su muerte.
Así que fui posponiendo la decisión.
Una semana.
Un mes.
Un año.
Hasta que pasaron doce años.
La doctora Cárdenas fue muy cuidadosa al hablarme sobre aquello.
Me explicó que no era posible asegurar qué habría mostrado una revisión específica.
Tampoco podía prometer que una detección anterior hubiera cambiado exactamente el tratamiento.