La fecha.
El horario.
Las instrucciones para confirmar la cita.
Pero yo nunca lo abría.
Durante los primeros años de viudez, cualquier carta relacionada con el trabajo de Arturo me provocaba una tristeza insoportable.
Los estados de cuenta.
Los documentos de seguros.
Los avisos de renovación.
Todo me recordaba que él ya no estaba.
Así que desarrollé una costumbre.
Cuando llegaba correspondencia de alguna institución que no reconocía, la colocaba directamente en la caja de reciclaje.
A veces ni siquiera entraba con ella a la cocina.
Leía el nombre del remitente.
Veía un número de referencia.
Y la tiraba.
Sin abrirla.
Durante años hice lo mismo.
Once cartas.
Once meses de febrero.
Once oportunidades de continuar las revisiones que Arturo había organizado.