Y sin embargo, al verla, sentí que pertenecía a una mujer mucho más confiada que la que estaba sentada en aquella cocina.
La doctora continuó explicándome lo sucedido.
Arturo no había utilizado mi cuerpo para experimentar.
No había estado realizando investigaciones secretas.
Tampoco había recibido dinero por inscribirme.
Había encontrado un programa que consideraba útil y había pagado para que yo pudiera continuar asistiendo.
Lo hizo motivado por el miedo de perderme.
Y por su incapacidad de hablar abiertamente sobre ese miedo.
Después descubrimos qué había ocurrido con la mujer del maletín plateado.
La doctora Aranda era quien había visitado a Arturo tres días antes de su muerte.
Mi esposo sabía que le quedaba poco tiempo.
Y quería asegurarse de que las revisiones continuaran después de su fallecimiento.