PROYECTO ELENA.
Nadie habló.
La doctora permaneció inmóvil.
Yo miraba a mi hijo sin comprender.
Entonces recordé otra cosa.
Una carta.
Un sobre color crema.
Arturo me lo había entregado semanas antes de morir.
No tenía destinatario.
No tenía fecha visible.
Solamente estaba cerrado.
Mi esposo me pidió que prometiera algo.
—No lo abras hasta que suceda algo que no puedas explicar.
Yo había aceptado.
Después lo guardé en el cajón de mi buró.
Y allí permaneció durante doce años.
En aquel consultorio comprendí que quizá había llegado el momento.
—Daniel, necesito que vayas a la casa.
—¿Qué necesitas?
—En el cajón de mi buró hay una carta de tu padre.
Mi hijo me miró sorprendido.
—¿Qué carta?