Cuando finalmente salió, me saludó con educación y se marchó.
Regresé junto a Arturo.
Lo encontré profundamente alterado.
En cincuenta años de matrimonio lo había visto preocupado muchas veces.
Pero nunca con aquella expresión.
Me tomó la mano.
—Elena, necesito que recuerdes un nombre.
—¿Cuál?
—Dra. Beatriz Aranda.
Lo miré confundida.
—¿Quién es?
Arturo apretó mis dedos.
—Si algún día tienes preguntas sobre cosas que hice mientras trabajaba, busca ese nombre.
Pensé que estaba preocupado por documentos pendientes.
O por algún asunto económico que quería dejar resuelto.
Le acaricié la frente.
—Descansa, Arturo. Después hablamos.
Pero no hubo después.
Tres días más tarde murió.
Y yo nunca volví a mencionar aquella conversación.
Hasta que la doctora Cárdenas pronunció el apellido Aranda.
En su consultorio, después de once años, repetí el nombre completo.