—Bien.
Era una sola palabra, pero llevaba meses sin escucharla.
Me agaché para quedar a su altura.
—Emma me ha contado que hablasteis de mamá.
Noah miró sus manos.
—¿Estás enfadado?
—No. ¿Por qué iba a estarlo?
—Porque lloré.
Sentí un nudo en la garganta.
—Noah, puedes llorar delante de mí.
Me miró con desconfianza.
—¿De verdad?
Asentí.
—De verdad.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces hizo una pregunta que me dejó sin respuesta.
—Papá, ¿tú también echas de menos a mamá?
Me senté a su lado.
—Todos los días.
—¿Entonces por qué nunca hablas de ella?
Bajé la cabeza.
—Porque cuando hablo de ella, recuerdo que ya no está.
Noah extendió su pequeña mano y tocó la mía.
—Yo también la recuerdo.
Me quedé mirando sus dedos.
—Lo siento, hijo.
—¿Por qué?
—Porque he estado tan ocupado intentando protegerte que olvidé acompañarte.