—¿Sabes qué me decía mi hermano cuando tenía miedo?
Noah negó con la cabeza.
—Me decía que las personas que queremos no desaparecen completamente. Se quedan en nuestras historias, en nuestras fotografías y en las cosas bonitas que aprendimos de ellas.
—¿Tu hermano está muerto?
Emma tardó en responder.
—Sí, cariño.
—¿También estaba enfermo?
—Tuvo un accidente.
Noah guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Y tú también llorabas?
Emma sonrió tristemente.
—Todos los días durante mucho tiempo.
—¿Y dejaste de llorar?
—No. Aprendí que podía llorar y seguir viviendo al mismo tiempo.
Mi hijo levantó la cabeza.
—¿Puedes contarme una historia?
—Claro.
—Una de mi mamá. Aunque no la hayas conocido.
Emma lo miró con ternura.
—Entonces tendremos que inventar una historia bonita sobre ella. Pero tú tendrás que ayudarme a imaginarla.
Y durante los siguientes cuarenta minutos, mi hijo habló.