Emma seguía trabajando con él, pero había cambiado su forma de hacerlo.
Ya no intentaba conseguir resultados a cualquier precio.
Le enseñaba a realizar pequeños movimientos, respetaba sus descansos y celebraba cada avance.
Los médicos habían explicado que Noah tenía una lesión medular grave y que su recuperación era incierta. Nadie podía prometer que volvería a caminar.
Emma tampoco lo prometía.
—No tenemos que correr —le decía—. Hoy basta con intentarlo.
Y Noah lo intentaba.
Sin embargo, mientras mi familia comenzaba a sanar, yo estaba descubriendo algo inquietante.
Alguien había estado observando nuestra casa.
Una noche, Dominic Shaw entró en mi despacho con una carpeta.
Dominic llevaba quince años trabajando para mí. Era mi jefe de seguridad y la única persona en la que confiaba sin reservas.
—Tenemos un problema.
Levanté la mirada.
—Habla.
Colocó tres fotografías sobre el escritorio.