A veces pasaba dos días sin dormir más de unas cuantas horas.
Para conseguir dinero, comenzó lavando ropa ajena.
Después preparó tamales que vendía afuera de la terminal de autobuses.
Más adelante consiguió trabajo limpiando habitaciones en un pequeño hotel.
Sus manos, que antes llevaban anillos de oro y recibían tratamientos en exclusivos salones de Polanco, terminaron agrietadas por el detergente.
Pero nunca se avergonzó de ellas.
—Estas manos están construyendo el futuro de mis hijos —decía.
Lo que sí le dolía eran las palabras de los demás.
En el mercado, algunas mujeres murmuraban cuando la veían pasar.
—Ahí viene la que tuvo cinco hijos de quién sabe quién.
—Dicen que el marido la abandonó porque ninguno se parecía a él.
—Pobrecitos niños. Van a crecer sin saber quién es su padre.
Lucía escuchaba, apretaba los labios y seguía caminando.