Por primera vez no sintió celos.
Comprendió que había perdido algo que ninguna fortuna podría devolverle: los primeros pasos de sus hijos, sus risas infantiles, sus cumpleaños y todas aquellas noches en que necesitaron un padre.
Pero también comprendió que el arrepentimiento verdadero no consistía en exigir una segunda oportunidad.
Consistía en respetar a quienes había lastimado y actuar de otra manera durante el tiempo que le quedara.
Esa noche, cuando todos se marcharon, Lucía regresó a su habitación.
Sacó la vieja caja de madera.
Colocó dentro la carta de Alejandro, las cinco pulseras del hospital y el anillo de bodas.
Después añadió una fotografía reciente de sus hijos.
Cerró la caja.
Y por primera vez en treinta años, no sintió tristeza al hacerlo.
Porque ya no guardaba aquellos objetos como pruebas de un abandono.
Los guardaba como testigos de todo lo que había conseguido superar.