Lo abracé.
—Nunca, cariño.
—¿De verdad?
—De verdad.
Se quedó callado.
Después preguntó:
—¿Crees que mamá sabía que yo iba a poder hacerlo?
Sonreí entre lágrimas.
—Creo que tu mamá sabía que eras mucho más valiente de lo que tú mismo imaginabas.
Bruce me abrazó con fuerza.
—La extraño mucho.
Cerré los ojos.
—Yo también.
Permanecimos abrazados durante varios minutos.
Aquella noche, cuando Bruce se quedó dormido, fui a mi habitación.
Abrí el cajón donde guardaba las cosas de Judy.
Su reloj.
Una pulsera.
Varias fotografías.
Y la pequeña caja de los anillos.
Todavía la conservaba.
Dentro ya no había anillos.
Los había devuelto después de cancelar la boda.
Pero seguía allí la almohadilla de terciopelo.
La levanté.
Debajo estaba una copia de la carta de mi hermana.
La original permanecía guardada con los documentos del caso.