No hizo que Bruce dejara de extrañar a su madre.
No borró el último abrazo que compartimos.
Solo me permitió comprender por qué estaba tan asustada aquella tarde.
Y por qué había insistido tanto en hablar conmigo.
Me quedé mirando su fotografía.
—Lo siento, Judy —susurré.
Sentía culpa.
Por no haber insistido en que me contara lo que ocurría.
Por no haber notado las mentiras de Douglas.
Por haber permitido que entrara en la vida de Bruce.
Pero después recordé algo que mi hermana solía decirme cuando éramos pequeñas.
«No puedes culparte por no saber lo que alguien decidió esconderte».
Empecé a llorar.
Y por primera vez intenté creerle.
Un año después de la boda cancelada, Bruce cumplió nueve años.
Organizamos una fiesta en el jardín.
Invitamos a sus amigos.
Había globos.
Un pastel de chocolate.
Y una mesa llena de regalos.