Era una voz dura, furiosa.
—Quítate.
Intentó pasar a mi lado.
Me coloqué entre él y la habitación.
—No vas a acercarte a Sofía hasta que lleguen los paramédicos.
Me agarró del antebrazo.
Con fuerza.
—¿Te volviste loca?
Sentí dolor en la muñeca.
—Suéltame.
—Llama y cancela la ambulancia.
—No.
Sus dedos apretaron todavía más.
—Elena, estás cometiendo un error muy grave.
Miré al hombre con quien me había casado ocho años antes.
Por primera vez no vi preocupación por nuestra hija.
Vi cálculo.
Y miedo.
Pero no miedo de perderla.
Miedo de que un médico descubriera algo.
Me solté como pude.
Ricardo levantó la mano.
Por un segundo pensé que iba a golpearme.
Entonces unas luces iluminaron las ventanas de la sala.
Un vehículo se detuvo frente a la casa.
Alguien tocó la puerta.