Cada tarde me cuenta historias de sus amigas.
Y cada noche se duerme en su propia cama, sabiendo que nadie la llevará secretamente a otro lugar.
Esa felicidad cotidiana vale mucho más que todo el dinero que Ricardo quiso conseguir.
Y cuando recuerdo la noche en que escuché la voz de mi esposo en aquella grabación, ya no pienso solamente en el terror.
Pienso en lo que ocurrió después.
Hice la llamada.
Abrí la puerta para recibir ayuda.
Decidí confiar en las señales que estaba viendo.
Y defendí a mi hija.
PORQUE AQUELLA NOCHE APRENDÍ ALGO QUE JAMÁS OLVIDARÉ:
NINGUNA FORTUNA VALE MÁS QUE LA SEGURIDAD DE UN HIJO.
NINGÚN MATRIMONIO DEBE OBLIGAR A UNA MADRE A IGNORAR EL SUFRIMIENTO DE SU PEQUEÑA.
Y CUANDO UNA NIÑA ENCUENTRA EL VALOR PARA DECIR QUE ALGO ESTÁ MAL, LO MÁS IMPORTANTE QUE PODEMOS HACER ES ESCUCHARLA.