Tampoco con los moretones.
Ni en el hospital.
Ni en los tribunales.
Tenía toda una vida por delante.
Y yo pensaba acompañarla mientras la construía.
Aquella noche, después de que se fueron los invitados, Sofía se sentó conmigo en el columpio del porche.
—¿Mami?
—Dime, corazón.
—¿Todavía te da miedo a veces?
Pensé en mentir.
Habría sido fácil decirle que no.
Pero decidí responder con sinceridad.
—A veces sí.
Se recargó en mí.
—A mí también.
La rodeé con un brazo.
—Tener miedo no significa que no podamos ser valientes.
Levantó la mirada.
—¿Como cuando me ayudaste?
Tragué saliva.
—Sí, mi amor.
Se quedó pensando.
Después dijo:
—Yo sabía que ibas a venir.
Aquellas palabras casi me hicieron llorar.
Le besé la cabeza.
—Quiero que siempre sepas que puedes contarme cualquier cosa.
Asintió.
Después tomó mi mano.