Me senté a la mesa.
—¿Lo hiciste para mí?
Asintió orgullosa.
—La maestra nos pidió dibujar nuestro lugar favorito.
Miré la casa amarilla.
—¿Dibujaste nuestro hogar?
Sofía sonrió.
—Sí.
Después agregó algo que me llenó los ojos de lágrimas.
—Porque ahora, cuando me duermo, sé dónde voy a despertar.
No pude hablar.
La abracé.
Ella me rodeó el cuello con sus brazos.
Y por primera vez comprendí que realmente estábamos comenzando a sanar.
Dos años después, Sofía cumplió nueve años.
Celebramos en el jardín con pastelitos de fresa, globos y varios compañeros de su escuela.
Llevaba un vestido azul brillante e insistió en decorar el pastel.
Terminamos con betún por todas partes.
Mi tía Teresa se rio tanto que casi derramó su agua de limón.
En un momento, Sofía corrió hacia mí con chocolate en la mejilla.