Cuando mi hija vio la cama, sonrió por primera vez en varios días.
—¿Puedo dormir aquí?
—Todo el tiempo que necesites.
—¿Va a venir el tío Mauricio?
—No, mi amor.
—¿Y papá?
Me arrodillé frente a ella.
—Aquí estamos tomando medidas para que nadie venga a llevarte a ningún lugar sin que estemos protegidas.
Me estudió el rostro.
—¿Me lo prometes?
La abracé.
—Te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para mantenerte segura.
Aquella noche durmió con la puerta abierta.
Yo permanecí sentada cerca hasta el amanecer.
A las cuatro despertó llorando.
—¡Me van a llevar otra vez!
Crucé la habitación inmediatamente.
—No, Sofi. Estás conmigo y con la tía Teresa.
Respiraba muy rápido.
—La señora dijo que tenía que portarme bien.
Le acaricié el cabello.
—Ya no tienes que hacer nada para complacerlos.
Me miró.
—¿Soy mala?