Me miró con una expresión extraña.
—El tío Mauricio dijo que no debía contarte lo del otro lugar.
La habitación pareció inclinarse.
—¿Qué otro lugar, Sofi?
Sus pequeños dedos apretaron los míos.
—Donde hay muchas luces blancas.
Tragué saliva.
—¿Puedes contarme qué pasa ahí?
Negó con la cabeza.
—No me acuerdo de todo.
—No importa, mi vida.
—Hay una señora.
—¿Se llama Verónica?
Sofía se estremeció al escuchar el nombre.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—Mi amor, ¿esa señora te lastimó?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No sé. A veces despierto ahí y me duelen los brazos. Ella me dice que vuelva a cerrar los ojos.
Quise gritar.
Quise salir corriendo y enfrentar a todos.
Pero mi hija necesitaba que yo mantuviera la calma.
La abracé con muchísimo cuidado.
—Escúchame, Sofi. No hiciste nada malo. Nada de lo que pasó fue culpa tuya.