—¿Cómo consiguió mi número?
—Por favor, no cuelgue.
Me levanté.
—¿Qué quiere?
Su voz temblaba.
—Necesito que entienda algo.
No respondí.
—Ricardo me dijo que usted sabía.
Sentí que la rabia me subía por el pecho.
—Usted le dio medicamentos a mi hija.
Hubo silencio.
Después escuché un sollozo.
—Me dijeron que estaban recetados.
—¿Quién se lo dijo?
—Ricardo llevó documentos.
—¿Los verificó?
No respondió.
Mis manos temblaban.
—Mi hija regresó inconsciente cuatro veces. Tenía moretones. Lloraba porque le dolía el cuerpo.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras fueron insoportables.
—¿Lo sabía?
Verónica comenzó a llorar más fuerte.
—Desde la tercera visita supe que algo no estaba bien.
—Entonces, ¿por qué no se detuvo?
—Ricardo dijo que acabaría conmigo si no cooperaba.
Apreté el teléfono.
—Mi hija tiene siete años.
—Lo sé.
—Confiaba en ustedes.
Verónica susurró: