Pero algo comenzaba a quedar claro.
La pregunta ya no era si Ricardo me había traicionado.
La pregunta era hasta dónde había estado dispuesto a llegar.
A la mañana siguiente, una trabajadora social del hospital me ayudó a organizar un lugar seguro para Sofía y para mí.
Se estaban gestionando medidas de protección.
También me recomendaron no regresar sola a nuestra casa.
Llamé a mi tía Teresa, que vivía en San Pedro Garza García.
Contestó casi inmediatamente.
—¿Elena? ¿Todo bien?
Intenté hablar.
No pude.
—¿Qué pasa, hija?
—¿Sofía y yo podemos quedarnos contigo?
—Por supuesto.
Mi voz se quebró.
—Le pasó algo muy malo.
Mi tía no exigió explicaciones.
—Dime dónde estás.
Cuarenta minutos después entró a la sala de espera.
Bastó que me viera la cara para abrazarme.
Lloré contra su hombro.
—Debí hacer algo antes.