—Mercedes Salinas, ¿me permitiría acompañarla durante el resto de nuestra vida?
Lo miré.
Detrás de él se veía el nogal.
Dentro de la casa esperaba una cocina amarilla.
Y a nuestros pies estaba la rampa que había construido sin saber si algún día aceptaría vivir allí.
Apreté sus manos.
—Sí, Ernesto.
Su sonrisa se hizo enorme.
—¿Sí?
Me reí entre lágrimas.
—Sí. Pero con una condición.
—La que usted quiera.
—El sillón de Ricardo se queda donde está.
Ernesto soltó una carcajada.
—Por supuesto.
—Y las rosas de Beatriz también.
Me besó las manos.
—Eso ni siquiera está a discusión.
Lo abracé.
Y mientras permanecíamos juntos, comprendí que el amor verdadero no siempre llega con grandes promesas.
A veces llega con una taza de café preparada exactamente como te gusta.
Con alguien que escucha tus recuerdos.