Lo observé unos segundos.
Sentí que una sonrisa me nacía lentamente.
—Ernesto.
—¿Sí?
—Deje eso un momento.
Apagó la herramienta.
Se quitó los lentes.
Y caminó hacia el pie de la rampa.
—¿Qué pasa?
Respiré profundamente.
Pensé en los años que había pasado creyendo que mi vida había terminado con la muerte de Ricardo.
En el miedo a volver a querer a alguien.
En las dudas que Julián había sembrado.
En el dolor de descubrir lo que mi hijo había hecho.
Y en la tranquilidad que sentía cada vez que Ernesto estaba cerca.
Entonces lo miré directamente a los ojos.
—Pregúnteme.
Ernesto se quedó inmóvil.
—¿Ahora?
Asentí.
—Ahora.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Subió despacio por la rampa.
Se detuvo frente a mí.
Tomó mis manos.
Y sonrió como aquel hombre tímido que una tarde me había ofrecido una taza de café.