A veces Ernesto les sirve café.
Siempre pregunta cómo lo prefieren.
Yo sonrío.
Porque recuerdo la primera taza que me entregó.
Los jueves voy a su casa.
Cocinamos en la cocina amarilla.
A veces preparo las recetas de mi madre.
Otras veces Ernesto intenta hacer algo nuevo y terminamos pidiendo comida.
Después nos sentamos junto a la ventana.
Él lee el periódico.
Yo tejo o reviso alguna revista.
Y hablamos de cosas pequeñas.
Del clima.
De los nietos.
De las plantas.
De los recuerdos.
De lo que todavía queremos hacer.
Al terminar la tarde, Ernesto me lleva a casa.
Camina conmigo hasta la puerta.
Me da un beso en la mejilla.
Y se despide.
—Cuando caigan las nueces, Mercedes.
Yo sonrío.
—Ya veremos.
Patricia dice que somos ridículos.
Carolina también se ríe.
Incluso algunas personas del grupo de apoyo hacen apuestas sobre cuándo aceptaré casarme.