Después llegaron los trámites funerarios.
Los documentos.
Los pagos pendientes.
Y el seguro de vida.
Julián me ayudó a organizarlo todo.
Instaló la aplicación bancaria en su teléfono.
Cambió algunas contraseñas.
Actualizó datos de contacto.
Y comenzó a decirme que, cuando necesitara dinero, sólo tenía que avisarle.
—Yo me encargo, mamá.
Aquella frase me tranquilizó.
Ricardo siempre había sido cuidadoso con nuestros ahorros.
Además de la casa, me dejó una cantidad importante del seguro de vida.
No era una fortuna inmensa.
Pero alcanzaba para que pudiera vivir tranquila durante mi jubilación.
Al menos eso creía.
Durante casi dos años no revisé mis cuentas con atención.
Confiaba en Julián.
Era mi hijo mayor.
Lo había visto crecer.
Lo había acompañado cuando tuvo fiebre.
Cuando se rompió un brazo.
Cuando se graduó.
Cuando se casó.