Al entrar en la sala, miré el sillón de Ricardo.
Me acerqué.
Pasé una mano sobre el respaldo.
Y por primera vez desde su muerte me senté allí.
Todavía conservaba algo de su olor.
Cerré los ojos.
Durante unos minutos lloré en silencio.
Después tomé el teléfono.
Llamé al banco.
Solicité actualizar mis datos.
Cambiar la contraseña.
Eliminar accesos que ya no autorizaba.
Y recibir los estados de cuenta impresos.
La empleada que me atendió me hizo varias preguntas de seguridad.
Respondí casi todas.
Pero cuando mencionó el correo electrónico registrado, sentí que el estómago se me hundía.
Era el de Julián.
También estaba registrado su número telefónico.
Pedí que ambos fueran sustituidos por los míos.
La empleada preguntó si existía alguna situación de riesgo.
—Todavía no lo sé —respondí—. Pero necesito revisar mis movimientos.