Ernesto permaneció en silencio unos segundos.
Después comenzó a explicarme una parte de su vida que yo desconocía.
Durante años había sido dueño de una empresa de instalaciones eléctricas.
No era un pequeño negocio.
Llegó a tener más de cincuenta camionetas y casi cien trabajadores.
Habían participado en la construcción de hospitales, escuelas y edificios comerciales en distintas ciudades del norte del país.
Incluso habían realizado trabajos en el hospital donde yo pasé buena parte de mi carrera.
—Yo pensaba que usted era empleado —dije.
—Lo fui al principio.
Sonrió con tristeza.
—Después tuve suerte. Y trabajé mucho.
Su esposa se llamaba Beatriz.
Habían estado casados cuarenta años.
No tuvieron hijos.
Cuando ella enfermó, Ernesto decidió vender la empresa.
La traspasó a un grupo de trabajadores que llevaban décadas a su lado.
Se quedó con lo suficiente para vivir sin preocupaciones.