Accidentes terribles.
Familias despidiéndose de alguien que amaban.
Madres esperando noticias de sus hijos.
Personas que llegaban al hospital convencidas de que tenían toda la vida por delante y descubrían, en cuestión de minutos, que el tiempo era mucho más frágil de lo que imaginaban.
Pensé que tantos años trabajando entre la vida y la muerte me habían preparado para cualquier pérdida.
Me equivoqué.
Nada me preparó para perder a mi esposo.
Ricardo murió dos años antes de que comenzara esta historia.
Habíamos estado casados treinta y nueve años.
Una tarde de martes estaba sentado en su sillón favorito, viendo un partido de futbol, cuando sufrió un derrame cerebral.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Una hora antes me había pedido café.
Después lo encontré intentando hablar sin poder pronunciar las palabras.
Llamé a emergencias.
Lo acompañé en la ambulancia.