—Todavía.
Aquella palabra quedó flotando entre nosotros.
Todavía.
Durante los siguientes domingos Julián comenzó a aparecer con más frecuencia.
Observaba a Ernesto.
Hacía comentarios incómodos.
Y buscaba oportunidades para recordarme que debía tener cuidado.
Una noche sacó su teléfono.
Abrió mi aplicación bancaria.
Y colocó la pantalla frente a Ernesto.
—¿Ve esta cantidad? —preguntó—. Es lo que mi padre dejó para mi mamá. Y no voy a permitir que nadie se aproveche de ella.
Ernesto ni siquiera miró el teléfono.
Miró directamente a Julián.
—Muchacho, yo no le pedí que me mostrara eso.
—Sólo quiero que sepa que estamos pendientes.
—Julián, guarda el teléfono —ordené.
Mi hijo no me hizo caso.
Por un instante alcancé a ver el saldo.
Era más bajo de lo que recordaba.
Mucho más bajo.
Pero la pantalla desapareció antes de que pudiera revisar la cantidad.