La primera vez que conoció a Ernesto fue durante una cena de domingo.
Llegó sin avisar.
Se sentó a la mesa.
Y pasó casi toda la noche haciéndole preguntas.
Dónde vivía.
Cuánto ganaba.
Qué propiedades tenía.
Si recibía pensión.
Si había estado casado.
Ernesto respondió con paciencia.
Pero noté que estaba incómodo.
Cuando se marchó, Julián me llevó a la cocina.
—Mamá, ¿de verdad nunca has ido a su casa?
—No.
—¿Y no te parece raro?
—Dice que está haciendo reparaciones.
Mi hijo negó con la cabeza.
—A lo mejor tiene otra mujer.
—Julián, Ernesto es viudo.
—Eso dice él.
Me molestó su tono.
—No tienes por qué hablar así.
Julián bajó la voz.
—Mamá, despierta. Ese hombre está detrás del dinero del seguro de papá.
Sentí una punzada de enojo.
—Ernesto jamás me ha pedido un peso.