FUI AL BASURERO A BUSCAR COMIDA PARA MIS HIJOS, PERO AL REGRESAR HABÍA TRES AUTOS DE LUJO FRENTE A NUESTRA CHOZA… Y DEL PRIMERO BAJÓ EL ESPOSO QUE YO CREÍA MUERTO

con el sol poniéndose detrás de él, sus brazos bronceados y fuertes, sus ojos llenos de vida. Había sido tomada tres meses antes de que muriera, durante un día libre que habíamos pasado en la costa con los niños.

Y cada noche, miraba esa fotografía y lloraba en silencio para que mis hijos no me escucharan.

“Es demasiado difícil, Gabriel”, susurraba hacia la imagen desgastada. “Ojalá estuvieras aquí. Ya no sé si puedo seguir haciendo esto. No sé si soy lo suficientemente fuerte.”

Pero cada mañana, cuando Leo me despertaba jalando mi brazo y preguntando qué íbamos a desayunar, me levantaba de nuevo. Porque no tenía otra opción. Porque mis hijos necesitaban que siguiera adelante incluso cuando cada parte de mí quería rendirse.

Una tarde de miércoles, a mediados de octubre, soporté casi seis horas bajo el sol abrasador del mediodía, el olor insoportable de basura podrida y los vidrios rotos que atravesaban constantemente mis sandalias destruidas y cortaban la planta de mis pies. Junté suficiente metal, plástico y cartón para venderlo en el centro de reciclaje cercano por doscientos treinta pesos.

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