Nuestra choza medía aproximadamente tres metros por dos metros. No tenía electricidad legal, solo un cable improvisado conectado ilegalmente a un poste cercano que nos daba luz tenue durante algunas horas por la noche. No tenía agua corriente, solo acceso a una bomba comunitaria sucia que compartíamos con otras cincuenta familias. No tenía baño, solo una letrina compartida construida sobre un hoyo profundo que olía tan mal que mis hijos lloraban cada vez que tenían que usarla.
Pero era un techo. Y cuando vives en las calles con dos niños pequeños, un techo significa la diferencia entre la vida y algo peor.
Me convertí en lo que aquí llaman una “scavenger”, una recolectora de basura. Cada mañana, antes de que el sol saliera completamente y antes de que el calor se volviera insoportable, yo ya estaba caminando entre montañas de desperdicios buscando botellas de plástico rotas, cartón que pudiera venderse a recicladoras, pedazos de metal, cables de cobre, cualquier cosa que tuviera aunque fuera un valor mínimo.