Cuatro hombres murieron esa noche. Sus cuerpos fueron recuperados dos días después, flotando entre los restos destrozados del barco. Pero Gabriel y otros dos tripulantes nunca fueron encontrados. Las autoridades marítimas, la Guardia Costera filipina y la empresa pesquera para la que trabajaba aseguraron que nadie podría haber sobrevivido a aquellas condiciones. Después de dos semanas de búsqueda sin resultados, declararon a los tres hombres desaparecidos legalmente muertos.
Me entregaron un certificado de defunción, una compensación de cincuenta mil pesos que desapareció en menos de un mes cubriendo deudas y gastos funerarios, y las condolencias vacías de personas que nunca habían conocido a mi esposo pero que sentían la obligación social de decirme que todo estaría bien.
Nada estuvo bien.
Me quedé completamente sola, con el corazón destrozado en pedazos tan pequeños que dudaba que pudiera volver a juntarlos, y con dos hijos pequeños que dependían completamente de mí para sobrevivir: Leo Gabriel Santos, de cuatro años, y Luna María Santos, de tres.