Pero cuando se giró completamente hacia mí y nuestros ojos se encontraron a través del espacio sucio y roto que nos separaba, reconocí inmediatamente esos ojos.
Esos mismos ojos oscuros que me habían mirado con amor el día de nuestra boda en una pequeña capilla con solo diez invitados. Los mismos ojos que habían llorado de felicidad cuando Leo nació. Los mismos ojos que había visto por última vez la mañana en que salió a trabajar y nunca regresó.
El saco que cargaba cayó de mis manos. El arroz, el pescado, el azúcar y las galletas se esparcieron por el lodo a mis pies.
Porque el hombre parado frente a esos tres Rolls-Royce, rodeado de guardaespaldas, vestido como un multimillonario y mirándome con una mezcla de dolor, arrepentimiento y algo más que no podía identificar, era Gabriel.
Mi esposo.