Después de seis meses de relación, mi madre todavía no conocía la casa de Roberto.
Él decía que estaba haciendo reparaciones.
Que tenía cosas desordenadas.
Que prefería visitarla a ella.
Además, aseguraba vivir al norte de Puebla, cerca de una zona residencial tranquila.
Sin embargo, Camila lo había visto dos veces tomar la carretera hacia el sur después de nuestras cenas.
La primera vez pensó que había ido a comprar algo.
La segunda me lo contó.
—Mamá, ¿no se supone que Roberto vive del otro lado?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué siempre se va hacia la salida de Atlixco?
Me quedé pensando.
Aquello reforzó mis sospechas.
Una noche hablé con mi tía Rosa.
Era hermana menor de mi madre y tenía un carácter mucho más desconfiado.
Cuando le conté lo que ocurría, frunció el ceño.