Las excusas cambiaban.
Una noche decía:
—Tengo que hablar con un cliente que vive en otro país.
Otra:
—Un vecino necesita que lo ayude con una reparación.
Y otra:
—Quedé de recibir a una persona en mi casa.
Mi madre aceptaba todas sus explicaciones.
Yo no.
Una tarde le pregunté:
—Mamá, ¿no te parece raro?
Ella levantó la mirada de sus plantas.
—¿Qué cosa?
—Que Roberto siempre tenga algo que hacer exactamente a la misma hora.
Suspiró.
—Es un hombre ocupado, Mariana.
—Pero nunca se queda a cenar tranquilamente.
—Sí cena con nosotros.
—Sabes a qué me refiero.
Mi madre dejó las tijeras de jardinería sobre la mesa.
—Hija, después de tantos años sola, por fin encontré a alguien que me hace feliz. No quiero pasarme el tiempo buscando razones para desconfiar.
Sus palabras me hicieron sentir culpable.
Pero mis dudas no desaparecieron.
Había otro detalle.