EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».

Y cuando se lo contamos a Lucía, ella hizo una pregunta que nos dejó sin palabras.

—¿Entonces algún día podré dormir en una cama que no tenga ruedas?

Roberto se arrodilló junto a ella.

—Eso esperamos, mi amor.

Lucía sonrió.

—Quiero una habitación amarilla.

Mi madre se inclinó.

—¿Amarilla como el sol?

—¡Sí! Pero un amarillo muy fuerte.

Todos reímos.

Y mi madre prometió que, cuando llegara el momento, tendría la habitación más amarilla de Puebla.

Un año después de aquella cena de cumpleaños, Lucía recibió autorización para continuar su recuperación fuera del hospital, con controles médicos periódicos.

No significaba que todo hubiera terminado.

Todavía necesitaba cuidados.

Revisiones.

Y mucha paciencia.

Pero podía volver a una casa.

Y eso era algo que meses antes nos parecía un sueño lejano.

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