Y cuando se lo contamos a Lucía, ella hizo una pregunta que nos dejó sin palabras.
—¿Entonces algún día podré dormir en una cama que no tenga ruedas?
Roberto se arrodilló junto a ella.
—Eso esperamos, mi amor.
Lucía sonrió.
—Quiero una habitación amarilla.
Mi madre se inclinó.
—¿Amarilla como el sol?
—¡Sí! Pero un amarillo muy fuerte.
Todos reímos.
Y mi madre prometió que, cuando llegara el momento, tendría la habitación más amarilla de Puebla.
Un año después de aquella cena de cumpleaños, Lucía recibió autorización para continuar su recuperación fuera del hospital, con controles médicos periódicos.
No significaba que todo hubiera terminado.
Todavía necesitaba cuidados.
Revisiones.
Y mucha paciencia.
Pero podía volver a una casa.
Y eso era algo que meses antes nos parecía un sueño lejano.