Lucía sonrió débilmente.
Y completó:
—Puede mostrarte el camino de regreso a casa.
Roberto tuvo que detenerse.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Mi madre le puso una mano sobre el hombro.
Y él continuó leyendo.
Aquella noche comprendimos que, incluso cuando no podíamos cambiar lo que estaba ocurriendo, todavía podíamos hacer algo importante.
Podíamos estar presentes.
El tiempo pasó.
Los tratamientos continuaron.
Hubo avances.
Después retrocesos.
Nuevas esperanzas.
Más estudios.
Más noches sin dormir.
Hasta que un día recibimos una noticia que llevábamos meses esperando.
Los resultados mostraban una respuesta muy favorable al tratamiento.
Roberto escuchó al médico sin moverse.
Parecía tener miedo de comprender mal.
—¿Quiere decir que está mejorando?
El médico asintió.
—Está respondiendo bien. Todavía necesitamos seguimiento y cuidados, pero es una noticia muy alentadora.
Roberto comenzó a llorar.
Mi madre lo abrazó.