EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».

Lucía sonrió débilmente.

Y completó:

—Puede mostrarte el camino de regreso a casa.

Roberto tuvo que detenerse.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Mi madre le puso una mano sobre el hombro.

Y él continuó leyendo.

Aquella noche comprendimos que, incluso cuando no podíamos cambiar lo que estaba ocurriendo, todavía podíamos hacer algo importante.

Podíamos estar presentes.

El tiempo pasó.

Los tratamientos continuaron.

Hubo avances.

Después retrocesos.

Nuevas esperanzas.

Más estudios.

Más noches sin dormir.

Hasta que un día recibimos una noticia que llevábamos meses esperando.

Los resultados mostraban una respuesta muy favorable al tratamiento.

Roberto escuchó al médico sin moverse.

Parecía tener miedo de comprender mal.

—¿Quiere decir que está mejorando?

El médico asintió.

—Está respondiendo bien. Todavía necesitamos seguimiento y cuidados, pero es una noticia muy alentadora.

Roberto comenzó a llorar.

Mi madre lo abrazó.

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