Roberto fingía sentirse ofendido.
—Mi voz es mucho mejor.
Lucía se reía.
—¡No, abuelito! ¡La de Camila sí da miedo!
Él se llevaba una mano al corazón.
—Después de tantos años de experiencia, me han reemplazado.
Todos reíamos.
Y durante unos minutos olvidábamos que estábamos en una habitación de hospital.
Mi madre también cambió.
Antes de conocer a Roberto, su vida giraba alrededor de los recuerdos.
Hablaba de mi padre.
De los años que habían compartido.
De las cosas que nunca volverían.
Pero ahora tenía nuevos planes.
Buscaba recetas que Lucía pudiera disfrutar cuando se sintiera mejor.
Elegía colores para decorar una habitación.
Compraba semillas para plantar flores que la niña pudiera cuidar algún día.
Una tarde le pregunté:
—Mamá, ¿no tienes miedo?
Estábamos sentadas en su jardín.