Yo lo ayudaba con trámites y citas médicas.
Y Camila encontró una nueva razón para esforzarse en la escuela.
Una tarde mi hija llegó con varios libros de ciencias.
—Mamá, quiero aprender más sobre la enfermedad de Lucía.
Me senté a su lado.
—¿Por qué?
—Porque quiero entender lo que le pasa.
Guardó silencio.
Después añadió:
—Y porque algún día quiero ayudar a niños como ella.
La abracé.
Mi hija siempre había dicho que quería estudiar medicina.
Pero hasta entonces lo veía como una profesión interesante.
Ahora había conocido a una niña que convertía cada pequeño avance en una celebración.
Y eso le dio un significado diferente a su sueño.
Lucía y Camila se volvieron inseparables.
Camila le ayudaba a colorear.
Le enseñaba canciones.
Inventaba historias.
Y, por supuesto, seguía haciendo su famosa voz de dragón.