Mi madre comenzó a llorar.
Pero sonrió.
—Todo eso es verdad, mi cielo.
Después nos presentamos los demás.
Yo le dije mi nombre.
Mi tía Rosa le mostró una pequeña pulsera que llevaba puesta.
Pero fue Camila quien consiguió hacerla reír.
Se sentó junto a la cama.
—Me dijeron que te gustan los cuentos de dragones.
Lucía abrió los ojos.
—¡Muchísimo!
Camila sonrió.
—Pues yo hago la mejor voz de dragón del mundo.
Roberto levantó una ceja.
—Eso está por verse.
Camila lo miró con fingida seriedad.
—Con todo respeto, don Roberto, su dragón suena como una motocicleta descompuesta.
Lucía soltó una carcajada.
Fue una risa pequeña.
Pero llenó toda la habitación.
Roberto se llevó una mano al pecho.
—¡Qué falta de respeto!
Camila hizo un rugido exagerado.
Lucía volvió a reír.
Y mi madre tuvo que secarse las lágrimas con un pañuelo.