—¡Abuelito!
Roberto se acercó rápidamente.
—Hola, mi princesa.
La besó en la frente.
—Perdón por tardarme.
Lucía frunció la nariz.
—Pensé que te habías perdido.
Él sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Nunca me perdería cuando tengo que venir a verte.
Entonces Lucía nos descubrió.
Miró detrás de su abuelo.
Sus ojos se abrieron.
—¡Trajiste gente!
Roberto soltó una pequeña carcajada.
—Sí, mi amor.
La niña nos observó con curiosidad.
—¿Son doctores?
Mi madre se acercó.
—No, preciosa.
Le sonrió.
—Soy Elena.
Lucía la miró detenidamente.
—¿La señora de las flores?
Roberto se quedó inmóvil.
Mi madre también.
—¿Sabes quién soy? —preguntó.
Lucía asintió.
—Mi abuelito habla mucho de ti.
Roberto bajó la mirada.
La niña continuó:
—Dice que haces unos pasteles muy ricos y que tienes un jardín lleno de rosas.