—¿Y toda esta gente?
Mi madre dio un paso adelante.
—Somos familia.
Roberto la miró.
La enfermera sonrió.
—Entonces acompáñenme. Pero procuren no cansar demasiado a la pequeña.
Caminamos por un pasillo iluminado con luces blancas.
Había dibujos infantiles pegados en las paredes.
Se escuchaban pasos suaves.
Voces de enfermeras.
El sonido lejano de algunos aparatos médicos.
Camila caminaba junto a mí.
Le temblaban las manos.
La tomé del brazo.
—¿Estás bien?
Asintió.
—Sí, mamá.
Pero sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
La habitación de Lucía estaba decorada con dibujos de estrellas.
Había un peluche de conejo sobre la almohada.
Una pequeña lámpara amarilla iluminaba la mesa de noche.
Y en la cama estaba ella.
Era muy delgadita.
No tenía cabello.
Sus ojos parecían enormes en aquel rostro pequeño.
Pero cuando vio entrar a Roberto, sonrió de una manera que jamás olvidaré.