Roberto levantó la mirada.
—Y precisamente por eso sé que no debemos desperdiciar el tiempo que todavía tenemos.
Mi madre se puso de pie.
Miró el reloj de la cocina.
Eran las siete y cuarenta.
Tomó el maletín.
Lo cerró.
Y se lo entregó a Roberto.
—Levántate.
Él parpadeó.
—¿Qué?
—Ya son las siete y cuarenta. Tu nieta te está esperando.
Roberto se levantó confundido.
—Elena, yo…
Mi madre tomó su bolso.
—Voy contigo.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Que voy contigo al hospital.
Roberto negó lentamente.
—No tienes que hacerlo.
Mi madre lo miró con una expresión que jamás olvidaré.
—Si esa niña necesita tener una certeza cada noche, entonces a partir de hoy va a tener más de una.
Él abrió la boca.
No encontró palabras.
Mi madre continuó:
—Y no vamos a hacerla esperar porque tú estabas demasiado ocupado intentando protegerme de mi propio corazón.