El silencio se volvió insoportable.
—Ya habías sufrido demasiado —susurró—. No quería llevarte otra tristeza.
Mi madre se acercó lentamente.
—Roberto…
Él bajó la cabeza.
—Creí que podía mantener separadas las dos partes de mi vida.
Miró el maletín.
—Por un lado, Lucía. Mi responsabilidad. Mi niña.
Después levantó los ojos hacia mi madre.
—Y por el otro, tú. La mujer que me hizo sentir feliz por primera vez en mucho tiempo.
Se cubrió el rostro.
—Pero no pude seguir ocultándolo.
Mi madre se arrodilló frente a él.
Le tomó las manos.
—¿De verdad pensaste que yo iba a dejarte por tener una nieta enferma?
Roberto no respondió.
Solamente lloró.
—Elena, no quería que te sintieras obligada.
Mi madre apretó sus manos.
—Escúchame bien.
Su voz se volvió firme.
—Yo ya sé lo que es perder a alguien que amas.