—Y otros en que apenas tiene fuerzas para levantar la cabeza.
Nadie lo interrumpió.
Después Roberto señaló el libro.
—Cuando estaba muy asustada, Lucía me pidió que le prometiera algo.
Mi madre lo miró.
—¿Qué cosa?
—Que siempre estaría allí para leerle antes de dormir.
Su voz tembló.
—A las ocho de la noche.
Señaló su reloj.
—No importa cómo haya sido el día. No importa si le hicieron estudios o si tuvo una sesión difícil de tratamiento.
Respiró profundamente.
—A las ocho quiere escuchar su cuento.
Miró a mi madre.
—Y yo le prometí que nunca la haría esperar.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Por eso te vas antes de las siete y media —murmuré.
Roberto asintió.
—Necesito tiempo para llegar al hospital. Siempre calculo la ruta para no retrasarme.
Bajó la cabeza.
—Nunca he faltado.